Artículo

Razón, voluntad y símbolos

En el siglo XVIII, el modelo ilustrado francés impuso una visión racional fundada en el conocimiento político de la realidad. Los antecedentes simbólicos se eliminaban por ser antiguos y no racionales. Impedían el control de la realidad política. Con esa racionalización surgieron nuevas formas de concebir la realidad y se recurrió, por ejemplo, a la ideología para buscar explicar y transformar la realidad política.
Sin embargo, la historia ha mostrado que no basta con la razón. También se requiere de la voluntad para querer lo que la razón muestre. Ejemplos de ello se pueden observar en soviéticos o nazis que destinaron sus esfuerzos a la razón.
La relevancia del vínculo entre razón y voluntad radica en que es el punto de partida para que las personas reconozcan y crean en una realidad. Por ejemplo, un proyecto de nación. Las últimas jornadas electorales en el mundo han testificado que no solamente se trata de elementos racionales, sino del desarrollo de temas atractivos para el elector como fue en el caso del Brexit.
Un par de siglos posteriores al surgimiento de esas ideas que buscaban explicar la realidad política, cuando la palabra escrita era desplazada por nuevos medios, se pensó que la democracia podría escalar un siguiente nivel de evolución. Sin embargo, bastaron pocos años para que una primavera árabe fuera opacada por el escándalo de Cambridge Analytica. Esto volvió a poner en la palestra el carácter físico de la política y simbólico de la persona.
Hablar de unidad en una pequeña comunidad como la familia, el barrio o la escuela, parece no tener inconveniente. Pero cuando se trata de millones de personas es, por decir lo menos, complejo. Lograr esa unidad requiere de elementos que permitan entender el todo a partir de recursos que reflejen presencia y poder. Por ejemplo, el uso de símbolos que han estado presentes en toda la historia de la humanidad.
Un símbolo es aquello que muestra la realidad de manera afectiva para mover la voluntad de las personas y conseguir una aceptación o rechazo. En política, por ejemplo, se usa para que su complejidad (u opacidad) mueva afectivamente “al pueblo”. En esa espiral histórica que reinserta con el simbolismo, se retoman elementos vinculados a la persona que hoy actúa más con la comunicación que con la acción. Hoy se puede observar el uso de conceptos simbólicos que sostienen al poder: el gobierno del pueblo, la división de poderes o el imperio de la ley.
La legitimidad democrática se sustenta en lo que se piensa de ella y se construyen símbolos que dotan de unidad a la comunidad. No obstante, el tiempo siempre mantiene vigente el riesgo de que el símbolo se debilite, por ejemplo, muestre que ha sido utilizado para enmascarar una realidad que si se planteara a partir de un medio distinto al símbolo, podría revelar que las decisiones que se toman no son adecuadas si lo que realmente se busca es reducir los niveles de pobreza o mejorar las condiciones de seguridad y justicia.
Publicado por Milenio
27-06-2019